No se puede expresar en palabras el silencio,
pero se puede jugar a prensarlas como las flores de un cuadro de Hogen.
Cuando parecía que estaba todo descubierto o que lo nuevo nos iba a llegar siempre detrás de una pantalla,
Jiko An desafía con su simplicidad al no espíritu de los tiempos,
volviendo a la espiritualidad de base, a las actividades de madera y metal
y sobre todo recuperando la pausa serena en este balcón al mediterráneo de sublime belleza.
Será como la perpetua, hierba del curry, que te conquista con su perfume después de varias olidas;
nos devuelve a la protección y a la sencillez de la infancia, al sentimiento de “todo es perfecto” del Buda interior.
Vine con poco en la mochila y me voy aún con menos, pero con el alma rebosante.
¡Qué agosto más precioso!

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